Los viajes fueron moldeando su personalidad. Tímida con sus mayores, la pequeña Manuela se limitaba a escuchar a los demás. Disfrutaba espiando a sus padres en largas reuniones diplomáticas y, cada vez que le surgía una duda, esperaba a estar a solas con ellos para acribillarlos a preguntas. Estas costumbres, sumadas al constante cambio, fueron las que le dieron un sorprendente oído para distinguir acentos y entender idiomas.
En un principio le costaba hacer amigos. Le entristecía la cualidad efímera de sus amistades. Todo cambió con la llegada de internet a su vida. Sus amistades pasaron a ser continuas en el tiempo y fue esta constante necesidad de escribir, de mantener vínculos y de expresar por escrito el cariño y el interés, la que la llevó a convertirse en una verdadera cazadora de historias.
Los veranos en casa de sus abuelos en Barcelona son uno de los recuerdos más atesorados por Manuela. Allí tenía su propio dormitorio, que poco a poco fue llenando de libros y recuerdos de sus viajes. A sus posesiones se sumaban la colección de objetos de sus abuelos: ellos también habían sido grandes viajeros.
Cuando Manuela le preguntó a su abuelo por qué tenían tantos objetos, su respuesta la fascinó. Cada objeto de su casa tenía una historia pegada, como si de un libro se tratara. Él no creía en la belleza porque sí. Su abuela y él habían armado su hogar en base a cuentos y a recuerdos ajenos y propios. Si iba a invertir dinero en una cosa, ésta tenía que decantar una historia. Si no puedes encantar a alguien en una conversación con su pasado, no vale la pena conservarlo. Esa frase le quedaría grabada en la memoria a Manuela.
Su abuela, por otro lado, era una amante de la cocina y, en sus viajes con su abuelo, había recabado un recetario con las mejores recetas de comida del mundo. En un principio, a Manuela nunca le dejaba mirar en su pequeño libro. Cuando en las cenas alguien le pedía una receta, se limitaba a sonreír y escribía con letra casi ilegible cantidades incorrectas, para que nunca les quedara tan bien como a ella.
Pero esa vanidad no ahuyentó a la pequeña Manuela. Escuchaba atentamente todo lo que su abuela tenía para decirle y no tardó en ganarse su confianza. Entonces comenzó a enseñarle sus secretos de cocina, además de consejos de protocolo y de puesta de mesa. Para ella, organizar una cena se asemejaba a un espectáculo: la puesta en escena era casi tan importante como la comida. La ambientación, la vajilla y la iluminación eran casi igual de importantes que el platillo en sí mismo.
Cuando terminó el secundario, Manuela tuvo una crisis vocacional. ¿Debía seguir el paso de sus padres en el mundo diplomático? Por un momento consideró estudiar restauración de muebles y, quizá, poner una tienda de antigüedades cerca de lo de sus abuelos en Barcelona.
Pero ni la diplomacia ni el emprendedurismo mobiliario parecían satisfacer esa imperiosa necesidad. La decisión estaba tomada: estudiaría periodismo. Canalizaría sus ganas de escribir en la prensa, y cambiaría el mundo.
La graduación de Manuela coincidió con el fallecimiento de su abuela. Fue un golpe duro para ella. Su abuela le había dejado su recetario como herencia, bajo la condición de que lo usara para algo espectacular, ya que siempre había creído que Manuela estaba destinada a hacer grandes cosas.
Fue en medio de ese dolor cuando Manuela empezó a imaginar una tienda. Después de tantos viajes, tantas casas y tantos lugares vividos, había aprendido a mirar de otra manera: a reconocer un buen tejido, a detenerse en una textura, en un color, en la caída de un lino, en un bordado o en esos materiales que hacen que una casa tenga personalidad.
Todo lo vivido parecía reunirse allí. Los relatos de su abuelo, las mesas de su abuela, los muebles, los objetos encontrados en sus viajes y, sobre todo, esa sensibilidad por los tejidos, las texturas y los colores que había ido construyendo a lo largo de su vida. Así nació Lo de Manuela: una forma de llevar todas esas historias a las casas de los demás.
Diez años después, Manuela sigue entrando en esas casas. En las de seguidoras, amigas y clientas que han ido acompañándola y formando parte de su historia. Porque cada pieza que elige, diseña o imagina continúa teniendo detrás un lugar, un recuerdo, un viaje y una historia que contar.

